Hacerlo porque puedo
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Tengo un canal, tengo apps publicadas, tengo algún SaaS a medias, tengo ideas anotadas que nunca llegan a ningún sitio y otras que sí. Lo enumero así, en seco, porque puesto en fila ya se ve solo: ahí hay demasiado. Y esto no es una queja disfrazada de logro. Va del precio que pago por tenerlo todo, no de lo bien que queda contarlo.
Soy programador y vivo en un país donde tengo al alcance de la mano cualquier herramienta creativa que se me ocurra usar. Puedo montar algo con lo que tengo en el ordenador esta misma noche, sin pedirle permiso a nadie ni esperar a nada. Y eso, que debería ser una suerte tranquila, se me ha convertido en un runrún que no para: me paso el rato inventando, descuido el tiempo sin darme cuenta, y cuando vengo a ver ya se me ha pasado el día entero delante de una pantalla.
Tener la herramienta no es tener el motivo
Cuando sabes construir, cualquier idea se convierte automáticamente en un proyecto viable. La tienes en la cabeza un martes por la noche y el miércoles ya tiene un repositorio. El problema es que "puedo hacerlo" se cuela como si fuera "merece la pena hacerlo", y no son lo mismo. Uno es una capacidad técnica. El otro es una decisión sobre qué hacer con tu tiempo. Confundirlos es exactamente lo que llena el disco duro de proyectos empezados que nadie termina de mirar, ni siquiera yo.
El miedo que hay debajo
Si soy sincero, esta sed de crear no viene de la ambición, viene del miedo. Del "si hubiera empezado esto hace un año, ahora estaría en otro sitio". No quiero llegar a un futuro y arrepentirme de no haber programado más, de no haber sacado ese proyecto, de no haber probado esa idea cuando la tuve fresca en la cabeza.
Ese pensamiento es un motor buenísimo y un carcelero pésimo, porque no se apaga nunca: siempre hay un año anterior en el que podrías haber empezado algo, así que la culpa nunca se queda satisfecha. Es como apostar la vida entera a un "quizás" que está siempre un paso por delante de ti, y mientras corres detrás de ese quizás, no estás viviendo lo que ya tienes delante.
Lo que cuesta lo que construyes
Todo lo que he construido está hecho con horas que salieron de algún sitio: tardes, fines de semana, tiempo con gente que hubiera preferido tener enfrente en vez de tener la cabeza en otro sitio pensando en el siguiente commit. Lo incómodo es que el proyecto deja un rastro visible (existe, funciona, se puede enseñar) y lo que se sacrificó por él no deja ninguno. Nadie ve las tardes que no salí, las conversaciones que corté antes de tiempo, los planes a los que dije que no porque "estaba con algo". Por eso el balance siempre parece favorable, aunque casi nunca lo sea.
Saber parar
No voy a cerrar esto diciendo que ya aprendí la lección, porque sería mentira y se nota. Sé lo que debería hacer: parar más, disfrutar sin sentir que estoy perdiendo el tiempo por no estar produciendo nada. Y aun sabiéndolo, es muy probable que mañana abra otro proyecto nuevo solo porque puedo.
Pero al menos quiero intentar que salir a ver una película, jugar un rato, o simplemente no hacer nada durante una tarde, deje de tener que justificarse como "descanso productivo" para poder disfrutarlo sin culpa. Eso también es tiempo bien usado, aunque no deje repositorio, aunque no se pueda enseñar. Hay que aprender a parar, aunque sea aprendiendo despacio y a trompicones, porque la alternativa es llegar al final habiendo construido mucho y disfrutado poco.