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El fútbol sin ruido

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Un partido dura noventa minutos. La conversación sobre ese partido dura siete días, hasta que llega el siguiente. Y casi nada de esos siete días tiene que ver con lo que pasó dentro del campo: es árbitro, es calendario, es quién dijo qué en la rueda de prensa, es un bando contra otro bando. El fútbol, el juego en sí, ocupa una fracción pequeña de todo el ruido que genera.

El periodismo deportivo no es distinto del periodismo normal en esto: funciona mejor con caos que con calma. Y España, donde vivo ahora, es el ejemplo perfecto. Vengo de Cuba, donde el fútbol (y el deporte en general) se vive de otra manera, y esa diferencia me ha dejado ver con más claridad lo que aquí se ha normalizado.

El producto no es el partido, es la bronca

Un análisis táctico se agota en diez minutos. Una enemistad entre dos entrenadores da para una temporada entera de programas. Ahí está el incentivo: la polémica sostiene audiencia, ventas y publicidad de un modo que el juego limpio no consigue. Y lo entiendo, es un negocio, pero da asco ver hasta dónde se llega por sostenerlo.

Porque no se quedan en exagerar. Mienten. Sueltan una noticia a sabiendas de que es falsa o medio inventada, generan el ruido, se llevan las visitas y las ventas de esa semana, y cuando se destapa que era mentira, piden disculpas. La disculpa no cuesta nada y llega tarde a propósito: para entonces el negocio ya está cobrado. Nadie devuelve las visitas ni la publicidad que vendió esa portada.

Lo peor no es ni siquiera la mentira puntual. Es que cada medio, cada tertuliano, tira para su bando, y la imparcialidad que se supone que debería sostener el periodismo se ha ido perdiendo poco a poco, hasta casi desaparecer en algunos programas. Ya no se informa: se milita. Y en España esto no es la excepción, es la norma. Se podría hablar solo de fútbol (del juego, de por qué un equipo presiona así o por qué un entrenador cambia el sistema en el segundo tiempo) y en cambio se llenan horas de programa con el árbitro, con el calendario, con quién dijo qué de quién.

Cómo se vive el fútbol en Cuba

En Cuba se vive muy distinto, y lo sé porque lo he vivido. Ahí no llegan las revistas deportivas grandes, no hay esa maquinaria de programas de debate encendido las veinticuatro horas alrededor de un balón, y el resultado es un deporte mucho más sano. Perdiste, perdiste. Punto. Se felicita al que ganó, se analiza qué falló y a la próxima. No hay una semana de luto ni una semana de venganza verbal montada por la prensa.

Ahí nos dábamos "chucho" (una colleja, un empujón de broma) al que había perdido la apuesta o la discusión sobre el partido, y a otra cosa. Se lo tomaba uno con deportividad de verdad, no la de manual que se recita en las ruedas de prensa, sino la de sentarte con el que ganó y alegrarte de verdad, aunque te doliera. Aquí en España es muchísimo más "mierder", con perdón de la palabra: mucho lloro, mucha rabia sostenida durante días, mucho buscar culpable antes que asumir que el otro jugó mejor.

No es que en Cuba no exista la pasión por el fútbol: existe, y mucha. La diferencia es que esa pasión no tiene detrás una industria entera diseñada para mantenerte enfadado toda la semana. Sin ese negocio de por medio, la gente vuelve a lo básico: te ganaron, mejora, disfruta igual del juego.

Se puede ver el fútbol sin el veneno

No hace falta vivir en Cuba para vivir el fútbol así. Hace falta cortar el suministro: dejar de alimentarse de programas que solo existen para mantener una bronca viva, dejar de entrar al partido ya con el bando elegido buscando que el árbitro le dé la razón a uno. Cuando llegas al partido sin haber consumido cinco días de veneno antes, lo disfrutas de otra forma: ves el juego, no la guerra.

El periodismo deportivo que vende caos va a seguir existiendo mientras dé dinero, y no va a cambiar porque yo lo diga aquí. Pero cada uno decide cuánto de ese ruido deja entrar. Yo prefiero el fútbol como lo viví en Cuba: perder, aprender, dar la mano, y a otra cosa. Lo demás es un negocio disfrazado de pasión, y cuanto antes se vea así, mejor se disfruta el juego de verdad.